La primera fase de la guerra abarcó desde el 18 de julio al 7 de noviembre. El pronunciamiento tuvo éxito en Castilla la Vieja y Navarra, Galicia y algunas zonas de Aragón, Marruecos y Andalucía, pero fracasó en las principales ciudades industriales: Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao. Al lado de los generales Franco, Mola y Queipo de Llano se encontraban la mayoría de los oficiales profesionales, las tropas marroquíes, los carlistas y la milicia falangista. Apoyando al gobierno del Frente Popular se encontraban la clase media urbana, de tendencia liberal, los trabajadores socialistas y anarquistas y los autonomistas regionales. Los generales insurrectos, que establecieron su capital en Burgos, contaban con la ventaja de tener las mejores tropas, pero les faltaban armas y el apoyo popular. Italia suministró aviones para que pudiera realizarse el traslado del ejército de África hasta Andalucía, e Italia y Alemania, con la cooperación de Portugal, enviaron rápidamente armas para el gobierno de Burgos. Desde agosto hasta octubre el ejército nacionalista conquistó la mayor parte de Andalucía y Extremadura, recurriendo al terrorismo masivo para garantizar la seguridad de sus líneas contra la acentuada hostilidad de la población. Hacia el 7 de noviembre las tropas nacionalistas llegaron a los suburbios de Madrid, y el gobierno de la república se trasladó a Valencia. En aquel momento los generales tenían la convicción de que podían obtener una rápida victoria con la entrada triunfal en Madrid, pero la resistencia republicana se recrudeció. La gran mayoría de la población colaboró con el general Miaja en la preparación de la resistencia de la ciudad calle por calle. Varias docenas de tanques y aviones soviéticos constituyeron el primer armamento moderno del ejército republicano, y dos mil o tres mil voluntarios extranjeros -los primeros contingentes de las Brigadas Internacionales- bloquearon a los nacionalistas el acceso a la capital en la Ciudad Universitaria y dieron al mismo tiempo el primer ejemplo de la milicia del Frente Popular.
El segundo período de la guerra se extendió del 7 de noviembre de 1936 hasta finales de agosto de 1937. En el frente de Madrid, principalmente en las batallas del Jarama y Guadalajara (febrero y marzo 1937), los republicanos demostraron que podían organizar un ejército disciplinado capaz de llevar a la práctica una sólida acción defensiva. Pero no pudieron transformar su resistencia en una victoriosa ofensiva, y en julio la batalla de Brunete dejó claro que el ejército republicano no podía romper el cerco de Madrid. Mientras tanto, los nacionalistas fueron conquistando las provincias vascas y Santander, gracias al apoyo de la infantería y la aviación italianas, y de la aviación y la artillería alemanas.
La tercera fase de la contienda se desarrolló desde agosto de 1937 hasta el 1 de abril de 1939. Con la batalla de Teruel, que duró desde el 14 de diciembre de 1937 al 22 de febrero de 1938, el ejército republicano se adelantó a un nuevo esfuerzo nacionalista en el frente de Madrid, pero en esta acción consumió sus mejores tropas y material, de suerte que cuando los nacionalistas lanzaron su ofensiva en Aragón pudieron alcanzar la costa mediterránea (9 marzo-15 abril). En la batalla del Ebro, del 24 de julio al 15 de noviembre de 1938, los republicanos avanzaron rápidamente cruzando el río y defendieron con tenacidad sus posiciones en la zona de Gandesa, pero al final no pudieron contener por más tiempo el avance de los nacionalistas hacia Cataluña. Con la ocupación de Barcelona y de los puestos fronterizos con Francia en enero y febrero de 1939, los republicanos perdieron toda esperanza de obtener una victoria militar. El general Franco se negó a negociar con el gobierno del socialista Juan Negrín. El 5 de marzo, en Madrid, la Junta dirigida por el coronel Segismundo Casado derribó al gabinete de Valencia, y después de sofocar una breve rebelión comunista, hizo lo necesario para entregar la capital y los ejércitos republicanos en los últimos días de marzo.

Aunque la guerra civil comenzó a causa de los agudos conflictos existentes en el seno de la sociedad española, su resultado final se debió en buena parte a la forma de actuar y a la política seguida por la mayoría de las potencias europeas. El gobierno francés del Frente Popular favoreció a los republicanos, pero no se atrevió a actuar con energía a causa del temor que le inspiraba la Alemania nazi y por su dependencia diplomática respecto al gobierno británico, que reservadamente se mostraba partidario de los nacionalistas. Francia y Gran Bretaña compartían el deseo de evitar que la guerra española se convirtiera en un conflicto general europeo. Por ello tomaron la iniciativa, en agosto de 1936, de formar un comité de no intervención y de establecer patrullas navales y fronterizas, con lo que se reducía considerablemente la intervención militar extranjera. Alemania, Italia, Portugal y la URSS participaron oficialmente en los acuerdos de no intervención, pero sus ideologías y sus intereses estratégicos les indujeron constantemente a intervenir en el conflicto. El dictador de Portugal, Salazar, estaba dispuesto a no permitir un triunfo de la izquierda en España. Italia veía en el conflicto una oportunidad para fortalecer su poderío naval en el Mediterráneo y obtener triunfos militares para los ejércitos fascistas. Alemania vio la posibilidad de ocupar el puesto de Gran Bretaña en el comercio de los minerales españoles y de experimentar nuevas armas y tácticas militares en suelo español; por ello contribuyó al establecimiento en la Península de un gobierno que le fuera más próximo que a Francia. La URSS esperaba que su apoyo a la España republicana le permitiría desarrollar su política de "seguridad colectiva", basada en el establecimiento de una alianza defensiva entre las potencias democráticas frente a los fascistas del Eje.
En las primeras semanas de la guerra los franceses autorizaron la venta de varias docenas de aviones al gobierno de la república. Durante la contienda sus guardias fronterizos permitieron extraoficialmente el paso a través de los Pirineos de los voluntarios extranjeros, y en la primavera de 1938 dejaron que varios envíos de armas cruzaran la frontera. Pero los franceses tomaron la iniciativa de seguir una política de no intervención y, con las excepciones reseñadas, la aplicaron. Italia, Alemania y Portugal ayudaron a los nacionalistas desde el comienzo del conflicto. Italia suministró varios cientos de aviones de caza, bombarderos y carros de combate ligeros, junto con las dotaciones necesarias para su manejo. Igualmente facilitó 70.000 soldados de infantería entre febrero de 1937 y el final de la guerra. Alemania proporcionó aviones de todo tipo, carros de combate, artillería y cañones antiaéreos, así como 5.000 pilotos y técnicos. Portugal contribuyó con 20.000 soldados de infantería y autorizó el desembarco de armas alemanas en sus puertos y su posterior transporte a España. Los nacionalistas también reclutaron unos 100.000 soldados marroquíes, que eran, según su punto de vista, tropas españolas, pero que fueron considerados por los republicanos, y por la mayoría de la opinión pública internacional, como extranjeros. Al lado de la república, unos 30.000 ó 40.000 voluntarios, procedentes de unos veinte países, formaron las Brigadas Internacionales. La URSS suministró unos 100 carros de combate, varias baterías de artillería, procedentes de la I Guerra Mundial, varios cientos de aviones de combate y grandes cantidades de municiones. Más de 2.000 soviéticos, entre pilotos, técnicos y miembros de la policía secreta, operaron en España durante toda la guerra. La mayor parte de la ayuda militar soviética llegó entre octubre de 1936 y junio de 1937, pero su intervención política se prolongó durante todo el conflicto. Gran Bretaña fue oficialmente neutral, pero, debido a los grandes intereses económicos, se fue inclinando paulatinamente por el triunfo de los nacionalistas.
Las diversas formas de intervención extranjera fueron decisivas para el curso de la guerra. Sin los aviones italianos y alemanes, a finales de julio de 1936, los nacionalistas nunca hubieran podido transportar a su ejército desde África a la Península. El material soviético y las Brigadas Internacionales fueron vitales para la defensa de Madrid y para el éxito de las ofensivas republicanas de Brunete, Teruel y el Ebro. Los italianos y los alemanes desempeñaron un papel esencial en la conquista del norte y en el rápido avance desde el centro de Aragón hacia la costa mediterránea en marzo-abril de 1938. La llegada de nuevas armas alemanas hizo posible la contraofensiva de los nacionalistas en el Ebro, y el equipo militar italiano y alemán les permitió disponer de una aplastante superioridad en la última campaña militar importante: la ocupación de Cataluña.
Alrededor de unos 400.000 españoles compusieron el cuerpo principal del ejército nacionalista, y unos 600.000 lucharon con los republicanos. El total de las pérdidas de la contienda se puede estimar únicamente en números aproximados. Al menos unos 100.000 hombres murieron en el campo de batalla, y entre 200.000 y 400.000 a causa del terrorismo y la represión oficiales y extraoficiales y de consejos de guerra celebrados durante la contienda y después de ella, hasta 1943. Unas 300.000 personas emigraron a Francia, norte de África, el hemisferio occidental y la URSS, de las que unas 200.000 regresaron a España posteriormente.







